LA ETEREALIDAD DE LAS REDES SOCIALES

by L. Ayu Saraswati008: ETHER

con fotomontajes de la exposición GENEALOGIAS MOLECULARES


de JOSÈFA NTJAM


Resumen: En este artículo, la autora explica por qué nos sentimos obligados a mirar constantemente nuestras redes sociales y por qué interactuar continuamente con gente en internet no evita que nos sintamos solos. Sostiene que tiene que ver con el carácter etéreo y fantasmagórico de las redes sociales que, como el éter, funcionan como un intoxicante que nos trasporta de este mundo a un mundo etéreo. Igual que el éter, las redes sociales funcionan también como un anestésico: llenas de publicaciones entretenidas e irresistibles, calman y suavizan el dolor de nuestra vida cotidiana. Pero, aun así, acudir a las redes sociales es como asistir a las fantasmagorías en el siglo xviii, donde nuestros sentimientos se estimulan por lo que vemos en ellas. Las redes sociales nos hacen sentir más intensamente, pero, al mismo tiempo, nos distraen y desconectan de nuestros propios sentimientos. De ahí que la soledad se quede grabada en el fondo de nuestro ser.


Las redes sociales nos están haciendo la cabeza un lío. Cambian nuestra percepción de la realidad y la forma en la que nos relacionamos con ella. Podemos tener una relación ideal, que no la consideraremos «oficial» hasta que la publiquemos en nuestras redes sociales. (Sí, cariño, esta noche cambio mi «situación sentimental» en Facebook). Pero esto no es algo necesariamente malo. No vengo a deciros que apaguéis vuestro móvil y os alejéis de las redes sociales. También sería difícil para mí, que lo primero que hago al despertarme es coger el móvil y revisar todas mis cuentas. En este texto os invito a cuestionar la manera en la que las redes sociales nos cautivan y las consecuencias que tienen sobre nosotros. Necesitamos encontrar maneras de romper el hechizo, liberarnos y tomar el control de las redes sociales; comprenderlas como un medio de producción de conocimiento y comunidad. Y, para ello, necesitamos un nuevo marco de referencia, uno que considere la eterealidad de las redes sociales.

Considerar su eterealidad es investigar el motivo por el que son adictivas, afectivas y alienantes. Uso el término eterealidad para referirme a la condición de lo étereo, pero también lo empleo para referirme a una capa de la realidad que se registra como etérea y se basa en la producción de lo etéreo, como lo son las redes sociales. Es una capa de realidad que se construye, por ejemplo, convirtiendo un desayuno normal en un espectáculo, con el objetivo de que tanto el objeto fotografiado como la persona que lo publica sobrevivan y mantengan su vigencia en las redes sociales.

Yasuke

Que las redes sociales sean etéreas significa que hay algo en ellas que, como el éter, que intoxica. Las redes sociales son un instrumento que nos transporta de este mundo a otro, a lo etéreo, un espacio que seduce y entretiene. Como las redes sociales son un espacio etéreo, no podemos llevar nuestro cuerpo físico con nosotros y entramos en ellas solamente con nuestro aparato afectivo, con nuestra habilidad de sentir. Cuando vemos una imagen de unas fresas cortadas en rodajas, cuidadosamente alineadas sobre capas alternas de crema de mascarpone, galleta blanda con almendra y compota de manzana, y luego otra imagen del agua azul turquesa y la arena blanca de las paradisiacas Islas Turcas y Caicos, y así sucesivamente, podemos llegar a olvidarnos de que llevamos mucho tiempo en la cola del supermercado. (¡Que alguien ponga otra caja registradora!) Las redes sociales, como el éter, también funcionan como un anestésico. Mientras nos llevan al encantador mundo de lo etéreo, alivian el dolor que implica estar vivo (o hacer una cola durante mucho rato).

Por supuesto, no todas las imágenes que se publican en redes sociales nos transportan a este espacio etéreo. Para tener la capacidad de intoxicarnos y anestesiarnos, tienen que cumplir una serie de pautas y pasar por una serie de procesos: sacar una foto desde una perspectiva concreta (utilizar un dron si es necesario), editarla cuidadosamente en Photoshop (subiendo el contraste y definiendo las siluetas) y, en el encabezado y a través de comentarios, contar las historias como si fueran más emocionantes de lo que son en realidad. En cualquier red social, la sucesión de estas imágenes procesadas nos intoxica. De hecho, el deslizamiento infinito no nos permite llegar al fondo (de una página) ni experimentar esa sensación afectiva de finalización, lo que nos arroja a un deslizamiento interminable por la aplicación. Y, así, inundamos nuestros sentidos y nos anestesiamos. La paradoja aquí es que las redes sociales nos anestesian haciéndonos sentir más intensamente (es decir, nos inundan los sentidos, distrayéndonos de nuestros propios sentimientos). Las publicaciones en las redes sociales (los «estímulos» controlados) tienen el objetivo de despertar emociones fuertes, y que no sentimos como propias en nosotros mismos.

La siguiente metáfora podría sernos útil para explicar su funcionamiento: la fantasmagoría.

Crossing of Independences

Fantasmagoría viene de la palabra griega phantasma (fantasma) y agoreuein (alegoría, o, para Walter Benjamin, «iluminación profana»). En 1797, el físico belga Étienne-Gaspard Robert (Robertson de nombre artístico) usó este término para nombrar a sus «actuaciones fantasmagóricas». Más tarde, a principios del siglo xix, la palabra fantasmagoría se hizo popular para nombrar a los espectáculos visuales en los que se usaban «linternas mágicas» para proyectar en la pared figuras, en su mayoría fantasmales. La fantasmagoría nos sirve de alegoría de las redes sociales, pues ambas hacen uso de «una aparente realidad que engaña a los sentidos a través de manipulaciones técnicas». En las redes sociales, esta manipulación técnica implica esos procesos de producción de lo etéreo que he mencionado anteriormente.

Al relacionar las redes sociales con la fantasmagoría quiero hacer hincapié en lo siguiente: hoy la gente hace uso de las redes sociales por el mismo motivo por el que la gente en el siglo xix acudía a las fantasmagorías; queremos que nos entretengan y que lo que vemos nos afecte. Queremos sentir más o sentir diferente. Por eso, las publicaciones que se hacen virales son las que consiguen despertar emociones intensas, y la opción de «me gusta», el emoticono del corazón, y otros emoticonos, se vuelvan una parte indispensable de las redes sociales.

Moumiémone

Y ahí está el problema: es fácil desconectar de nuestros sentimientos cuando las redes sociales nos intoxican y anestesian, mientras nos incitan a sentir más y, simultáneamente, distraernos de nuestras emociones más genuinas. Cuando las publicaciones que vemos en las redes sociales nos distraen, lo que sentimos se superpone y se filtra a través de su contenido, y no nos damos cuenta de lo que ocurre en nuestro mundo físico. Un ejemplo de esto es cómo el estrés y el cansancio generalizado de las mujeres durante la pandemia nos ha hecho recurrir a internet para conectar con otras personas, compartir nuestros sentimientos o hacer un maratón de series y películas. Es decir, para aliviarnos. Y nos sentimos mejor mientras lo hacemos, nos distrae de los efectos de una forma de vida que nos agota. Sin embargo, no hace visible la estructura neoliberal/capitalista de la hegemonía emocional que crea ese mismo agotamiento, que manda sobre lo que debemos sentir, distorsiona el origen de esos sentimientos y oculta su base material, de raza y de género. Y, como aparentemente nos sentimos mejor, pero el agotamiento sigue latente, buscamos más entretenimiento y más encanto en un bucle que nos crea adicción, amarrándonos al espacio etéreo de las redes sociales.

El mundo de las redes sociales es etéreo por una razón: nos mantiene hechizados. Y para romperlo, podemos empezar a 1) ser conscientes de la lógica y la ideología neoliberal, capitalista, racista, sexista, heterosexista, capacitista, etc., de las redes sociales, que condicionan cómo, qué y cuándo publicamos; 2) entrar en su mundo etéreo y efímero con cautela para que no acabemos alienados y proteger nuestros sentimientos y modos de producción de conocimiento; 3) negarnos a ser absorbidos por la maquinaria de las redes sociales y a ser utilizados para el beneficio de la plataforma; y, en su lugar, 4) cultivar nuevas prácticas que se centren en el bienestar colectivo y nos permitan ahondar y expresar nuestras emociones más profundas, incluso aquellas que no habíamos sentido antes. Cuando implementemos de verdad estas prácticas críticas, podremos vivir en la periferia, en lugar de en el centro, de las redes sociales.


Buck-Morss, Susan. «Aesthetics and Anaesthetics: Walter Benjamin’s Artwork Essay Reconsidered.» October, vol. 62, 1992, pp. 3-41.

Chaturvedi, Ravindra, and RL Gogna. «Ether day: an intriguing history.» Medical Journal, Armed Forces India, vol. 67, no. 4, 2011, pp. 306-308.

Cohen, Margaret. «Walter Benjamin’s Phantasmagoria.» New German Critique, no. 48, 1989, pp. 87-107.

Saraswati, L. Ayu. Pain Generation: Social Media, Feminist Activism, and the Neoliberal Selfie. NYU Press, 2021.

Zandberg, Adrian. «‘Villages … Reek of Ether Vapours’: Ether Drinking in Silesia before 1939.» Medical History, vol. 54, no. 3, 2010, pp. 387-96.


Fotomontaje de la exposición GENEALOGÍAS MOLECULARES

Los fotomontajes de Ntjam, realizados a partir de fotografías de archivo y escaneos en 3D de objetos y elementos vegetales, evocan un universo opulento en el que, al colapsar lo micro y lo macro, los registros de las revueltas y los retratos de disidentes políticos se funden con una serie de formas celulares abstractas, animales mitológicos, plantas ecuatoriales y medusas generadas por ordenador. Moumiémone (2021), por ejemplo (el título es una contracción entre el nombre de la escritora y militante camerunesa Marthe Ekemeyong Moumié y una anémona), muestra un paisaje acuático en el que se superponen representaciones digitales de serpientes e imágenes de primeros planos de cristales con fotografías de Huey Percy Newton (1942-1989), cofundador de los Panteras Negras, y Harriet Tubman (1822-1913), abolicionista estadounidense que rescató a setenta personas esclavizadas utilizando las redes del ferrocarril subterráneo.

En otras obras, Ntjam yuxtapone imágenes de partículas y capturas de pantalla de fallos digitales con figuras como la activista política estadounidense Angela Davis (nacida en 1944), Félix-Roland Moumié (1925-1960), líder anticolonialista asesinado en 1960 por los servicios secretos franceses, y Yasuke, un africano que visitó Japón en el siglo xvi y se convirtió en el primer samurái negro.

Camille Houzé, NiCOLETTi


L. AYU SARASWATI escritora

L. Ayu Saraswati es una autora premiada y profesora asociada en el departamento de Estudios de la Mujer en la Universidad de Hawái, Mānoa. En su nuevo libro, Pain Generation: Social Media, Feminist Activism, and the Neoliberal Selfie, explora las posibilidades y los peligros de hacer activismo feminista en internet.

ARIADNA GARCÍA LLORENTE traductora

Ariadna García Llorente es una investigadora y traductora española residente en Londres. Graduada en Literatura Comparada, Filosofía y Edición; actualmente está cursando un máster en Estudios Psicoanalíticos en Birkbeck. Ha traducido del inglés al español Doing Psychoanalysis in Tehran de Gohar Homayounpour, que se publicará en 2022.

JOSÈFA NTJAM artista

Josèfa Ntjam es una artista, intérprete y escritora en cuya práctica combina escultura, fotomontaje, cine y sonido. Ntjam extrae la materia prima de su trabajo en internet y de libros de ciencias naturales, además, hace uso del ensamblaje (de imágenes, palabras, sonidos e historias) para deconstruir las grandes narrativas que subyacen a los discursos hegemónicos sobre el origen, la identidad y la raza. Su obra y sus interpretaciones se han presentado en exposiciones internacionales, como la 15.ª Bienal de Lyon, Francia (2019); el Palais de Tokyo y el Centro Pompidou, París (2020); y NiCOLETTi, Londres (2021). Ntjam es miembro del colectivo de arte e investigación con sede en París Black(s) to the Future. Actualmente vive y trabaja en Saint-Étienne, Francia.

Su película, Myceaqua Vitae, también aparece en nuestro número 008, junto con el poema Blade Runner, de Franny Choi.

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